Marguerite Duras; o horror de um amor semelhante
El horror de un amor semejante
"Me dijeron: “Su hijo a muerto.” Era una hora después del parto. La hermana superiora fue a descorrer las cortinas, el día de mayo entró en la habitación. Yo había percibido al niño cuando había pasado ante mí, sostenido por la enfermera. No lo había visto. Al día siguiente, pregunté:”¿Cómo era?” Me dijeron: “Es rubio, un poco pelirrojo, tiene cejas altas como usted, se le parece.” “¿Está aún ahí?” “Sí, está ahí hasta mañana.” “¿Está frío” R. me contestó: “Yo no lo he tocado, pero debe de estarlo. Está muy pálido” Luego vaciló y dijo: “Es hermoso, esto debe ser también debido a la muerte.” Pedí verlo. R. me dijo no. Lo pedí a la madre superiora, ella me dijo no, que no valía la pena. Me habían explicado dónde estaba, a la izquierda del cuarto de trabajo. No podía moverme. Tenía el corazón muy cansado, estaba acostada boca arriba. No me movía. “¿Cómo tiene la boca.?” “Tiene tu boca”, decía R. Y cada hora: “¿Está aún ahí?” Decían “No sé” No podía leer. Miraba la ventana abierta, el follaje de las acacias que crecían en los terraplenes de la línea de ferrocarril, que bordeaba la clínica … Hacía mucho calor. Una noche, la hermana Margarite estaba de guardia. Le pregunté: “¿Qué van a hacer con él?” Me dijo: “No quisiera hacer otra cosa que quedarme con usted, pero hay que dormir, todo el mundo duerme.” “Usted es más amable que su superiora. Va a ir a buscar a mi hijo. Me lo puede dejar un momento.” Ella exclamó: “¿No lo dirá en serio?” “Sí. Quisiera tenerlo junto a mí una hora. Es mío” “Es imposible, está muerto, no puedo darle a su hijo muerto.” “Quisiera verlo y tocarlo. Diez minutos.” “No hay nada que hacer, no iré” “¿Por qué? “Le haría llorar, se pondría mala, es mejor no verlos en este caso, tengo experiencia.” Es pasado mañana, a la fuerza, me han dicho para hacerme callar: los quemaban. Era entre el 15 y el 31 de mayo de 1942. Dije a R.: “No quiero más visitas, sólo tú” Seguía tendida boca arriba, cara a las acacias. La piel de mi vientre se pegaba a la espalda, de lo vacía que estaba. El niño había salido. Ya no estábamos juntos. Él había muerto de una muerte separada. Hacía una hora, un día, ocho días; muerto aparte, muerto en una vida que habíamos vivido nueve meses juntos, que él acababa de dejar separadamente. Mi vientre caía de nuevo pesadamente sobre mí, una tela usada, un andrajo, una mortaja, una losa, una puerta, una nada. Había llevado a este niño, sin embargo, y había sido en el calor viscoso y aterciopelado de su carne, dónde había crecido este murto marino. El día lo había matado. Había sido herido de muerto por su soledad en el espacio. La gente dice: “No fue tan terrible al nacer, es mejor así.” ¡Fue terrible! Lo creo. Precisamente, eso: esta coincidencia entre su venida al mundo y su muerte. Nada. No me quedaba nada. Este vacío era terrible. No había tenido hijo, ni siquiera una hora. Obligada a imaginar. Inmóvil, imaginaba.
Este que ahora está ahí y duerme, éste, hace un momento, ha reído. Ha reído a una jirafa que acababan de darle. Ha reído y ha hecho un ruido de reír. Había viento y una pequeña parte del ruido de este reír ha llegado hasta mí. Entonces, he levantado un poco la capota de su coche, le he vuelto a dar una jirafa para que riera de nuevo y he hundido la cabeza en el capote para captar todo el ruido de la risa. De la risa de mi hijo. He colocado el oído contra la concha y he escuchado el ruido del mar. La idea de que esta risa se hubiera dispersado en el viento era insoportable. Lo he sabido. Soy yo, quien lo ha tenido. A veces cuando bosteza, respiro su boca, el aire de su bostezo. “Si muere, tendré esta risa.” Sé que puede morir. Mido todo el horror de un amor semejante".
(Marguerite Duras – Sorcières 1976)

1 Comments:
É um amor que não se pode temer - é feito de entrega. É a crença em Deus que permitiu tão grande amor- "Foi Deus que fez o céu, o rancho das estrelas". Fez tantas coisas e pessoas lindas a quem nos ligamos de modo intenso e firme. Trememos de frio, de dor e de saudade, mas temos a certeza, em nossos corações, de um reencontro. Defenderei este amor até o ocaso de minha existência.
Excusa-me a hipertrofia de escritos, as palavras excessivas - você que é de falar pouco - mas vamos vivendo, nesta nau de loucos ou de nem sei o quê mais, tão grande a inquietude do espírito que sente a dor da distância, mas se alegra com a possibilidade de que, um dia, ela seja cindida.
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